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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 24. Las "jornadas de julio". Preparación y comienzo.

      (viene de pg. anterior)

      El sumario instruido posteriormente caracteriza en los siguientes términos la actuación del teniente Semaschko, uno de los principales dirigentes del regimiento: "...Exigía automóviles de las fábricas, los armaba con ametralladoras, los mandaba al palacio de Táurida y a otros sitios, indicando el trayecto que habían de seguir; sacó personalmente el regimiento a la calle, se fue al batallón de reserva del regimiento de Moscú con el fin de incitarle a secundar la acción, lo cual consiguió; prometió a los soldados del regimiento de ametralladoras el apoyo de la Organización militar, manteniendo el contacto con esta organización, domiciliada en la casa de Kchesinskaya, y con el líder de los bolcheviques, Lenin, envió patrullas para establecer un servicio de vigilancia cerca de la Organización militar." Si se alude a Lenin, es para completar el cuadro; Lenin, enfermo, se hallaba retirado en una casa de campo de Finlandia desde el 29 de junio, y ni ese día ni los siguientes estuvo en Petrogrado.

      Pero en todo lo restante, el lenguaje conciso del funcionario militar da una idea muy aproximada de la preparación febril a que se entregaban los ametralladores. En el patio del cuartel se efectuaba un trabajo no menos ardiente. A los soldados que no tenían armas se les daba fusiles, y a algunos de ellos, bombas, y en cada uno de los camiones traídos de las fábricas se instalaban tres ametralladoras. El regimiento quería echarse a la calle completamente equipado.

      En las fábricas ocurría poco más o menos lo mismo: llegaban delegados del regimiento de ametralladoras o de la fábrica cercana e invitaban a los obreros a lanzarse a la calle. Diríase que les estaban esperando desde hacía mucho tiempo: el trabajo se interrumpía inmediatamente. Un obrero de la fábrica Renault cuenta: "Después de comer se presentaron unos cuantos soldados del regimiento de ametralladoras, pidiendo que les diéramos camiones. A pesar de la protesta de nuestro grupo bolchevique, no hubo más remedio que entregar los automóviles. Los soldados instalaron inmediatamente en los caminos unas Maxim [ametralladoras] y emprendieron la marcha hacia la Nevski. No fue ya posible contener a nuestros obreros... Todos ellos salieron al patio, sin quitarse la ropa de trabajo..."

      Hay que suponer que las protestas de los bolcheviques de las fábricas no tendrían siempre un carácter insistente. Fue en la fábrica Putilov donde se desarrolló una lucha más prolongada. Cerca de las dos de la tarde circuló por los talleres el rumor de que había llegado una delegación del regimiento de ametralladoras y que convocaba a un mitin.

      Diez mil obreros salieron al patio. Los ametralladores decían, entre gritos de aprobación de los obreros, que habían recibido orden de marchar al frente el 4 de julio, pero que ellos habían decidido "dirigirse no al frente alemán, contra el proletariado de Alemania, sino contra los ministros capitalistas". Los ánimos se excitaron. "¡Vamos, vamos!", gritaban los obreros. El secretario del Comité de fábrica, un bolchevique, propuso que se consultara previamente al partido. Protesta de todos: "¡Fuera, fuera! Otra vez queréis dar largas al asunto... No se puede seguir viviendo así..." Hacia las seis, llegaron los representantes del Comité ejecutivo, pero éstos no consiguieron, ni mucho menos, influenciar a los obreros.

      El mitin, nervioso, tenaz, en que participaba una masa de miles de hombres que buscaba una salida y no permitía se tratara de convencerle de que no la había, proseguía sin que se le viera el fin. Se propone enviar una delegación al Comité ejecutivo: nuevo aplazamiento. La reunión seguía sin disolverse. Entre tanto, llega un grupo de obreros y soldados con la noticia de que el barrio de Viborg se ha puesto ya en marcha hacia el palacio de Táurida. No hay modo ya de contener a la gente. Se resuelve echarse a la calle. Yefinov, un obrero de la fábrica de Putilov, se precipitó al Comité de barriada del partido para preguntar: "¿Qué hemos de hacer?" Le contestaron: "No nos lanzaremos a la calle, pero no podemos dejar a los obreros abandonados a su suerte; no tenemos más remedio que ir con ellos." En aquel momento, apareció el miembro del Comité de barriada, Chudin, con la noticia de que en todas las barriadas, los obreros se lanzaban a la calle y de que los miembros del partido se verían obligados a "mantener el orden". Así era cómo los bolcheviques se veían arrastrados por el movimiento, buscando una justificación de sus actos, que se hallaban en contradicción manifiesta con las resoluciones oficiales del Partido.

      A las siete de la tarde se interrumpió completamente la vida industrial de la ciudad. En las fábricas se iban organizando y equipando destacamentos de la guardia roja.

      "Entre la masa de miles de obreros -cuenta Metelev, uno de los trabajadores de Viborg- se movían, haciendo resonar los cerrojos de sus fusiles, centenares de jóvenes de la guardia roja. Unos, colocaban paquetes de cartuchos en las cartucheras; otros, se aprestaban los cinturones; otros, se ataban las mochilas a la espalda; otros, calaban la bayoneta, y los obreros que no tenían armas ayudaban a los guardias rojos a equiparse..."

      La perspectiva Sampsonievskaya, arteria principal de la barriada de Viborg, está atestada de gente. A derecha e izquierda de dicha vía, compactas columnas de obreros, Por el centro avanza el regimiento de ametralladoras, columna vertebral de la manifestación. Al frente de cada compañía, camiones ametralladoras Maxim. Detrás del regimiento, obreros; en la retaguardia, cubriendo la manifestación, fuerzas del regimiento de Moscú. Cada destacamento lleva una bandera con la divisa: "¡Todo el poder a los soviets!" La procesión luctuosa de marzo o la manifestación del Primero de Mayo, estaban, seguramente, más concurridas. Pero la manifestación de julio era incomparablemente más decidida, más amenazadora y más homogénea. "Bajo las banderas rojas sólo avanzaban obreros y soldados -escribe uno de los que tomaron parte en ella-. Brillan por su ausencia las escarapelas de los funcionarios, los botones relucientes de los estudiantes, los sombreros de las "señoras simpatizantes", todo lo que lucía en las manifestaciones cuatro meses atrás, en febrero. En el movimiento de hoy no hay nada de esto; hoy no se lanzan a la calle más que los esclavos del capital." Como antes, corrían velozmente por las calles, en distintas direcciones, automóviles con obreros y soldados armados: delegados, agitadores, exploradores, agentes de enlace, destacamentos para sacar a la calle a los obreros y regimientos, todos con los fusiles apuntando hacia delante. Los caminos erizados de armas resucitaban el espectáculo de las jornadas de Febrero, electrizando a los unos y aterrorizando a los otros. El kadete Nabokov escribe: "Los mismos rostros insensatos, adustos, feroces, que todos recordábamos de las jornadas de febrero, es decir, de los días de aquella misma revolución que los liberales calificaban de gloriosa e incruenta." A las nueve, siete regimientos avanzaban ya sobre el palacio de Táurida. Por el camino, uníanse a ellos las columnas de obreros de las fábricas y nuevas unidades de militares. El movimiento del regimiento de ametralladoras tuvo una fuerza de contagio inmensa. Iniciábanse las "jornadas de julio".

      Empezaron los mítines en las calles. Resonaron disparos en distintos sitios. Según relata el obrero Korotkov, "en la perspectiva Liteinaya, fueron sacados de un subterráneo una ametralladora y un oficial, al que se fusiló en el acto". Circulan toda clase de rumores, la manifestación provoca el pánico por todas partes. Los teléfonos de los barrios centrales, sobrecogidos de terror, transmiten las versiones más fantásticas. Decíase que cerca de las ocho de la tarde, un automóvil blindado se había dirigido velozmente hacia la estación de Varsovia en busca de Kerenski, quien precisamente salía ese día para el frente, con el fin de detenerle; pero que el automóvil había llegado a la estación con retraso, pocos momentos después de la salida del tren. Posteriormente, había de señalarse más de una vez este episodio como prueba acreditativa de la existencia de un complot. Nadie pudo precisar, sin embargo, quién iba en el automóvil y quién había descubierto sus misteriosos propósitos.

      Aquel atardecer circulaban en todas direcciones automóviles con hombres armados, y probablemente también por los alrededores de la estación de Varsovia. En muchos sitios, se lanzaban palabras fuertes contra Kerenski. Fue lo que, por lo visto, sirvió de pretexto al mito: aunque también cabe pensar que fue inventado de cabo a rabo.

      Las Izvestia trazaban el siguiente esquema de los acontecimientos del 3 de julio: "A las cinco de la tarde salieron armados a la calle el primer regimiento de ametralladoras, parte de los regimientos de Moscú, de Granaderos y de Pavl, a los cuales se unieron grupos de obreros... A las ocho, empezaron a afluir delante del palacio de la Ksechisnkaya fuerzas de los regimientos, armados y equipados, con bandera rojas y cartelones en los cuales se pedía la entrega del poder a los soviets. Desde el balcón, se pronunciaron discurso... A las diez y media se dio un mitin en el patio del palacio de Táurida... Una parte de los regimientos mandaron una delegación al Comité central ejecutivo, al cual formularon las siguientes demandas: separación de los diez ministros burgueses; todo el poder al soviet; suspensión de la ofensiva; confiscación de las imprentas de los periódicos burgueses; nacionalización de la tierra; control de la producción." Dejando a un lado las modificaciones secundarias, tales como: "Una parte de los regimientos", en vez de "los regimientos", "grupos de obreros", en vez de "fábricas enteras", se puede decir que el órgano de Dan-Tsereteli no deforma, en sus líneas generales, la verdad de lo ocurrido, y que, en particular, señala acertadamente los dos focos de la manifestación: la villa de la Kchesinskaya y el palacio de Táurida. Ideológica y físicamente, el movimiento giraba alrededor de estos dos centros antagónicos: a la casa de la Kchensinskaya se acudía en busca de indicaciones de dirección, de discursos orientadores, al palacio de Táurida a formular peticiones e incluso a amenazar con la fuerza de que se disponía.

      A las tres de la tarde se presentaron en la conferencia local de los bolcheviques, reunida aquel día en el palacio de la Kchesinskaya, dos delegados del regimiento de ametralladoras para comunicar que este regimiento había decidido echarse a la calle. Nadie lo esperaba ni lo quería. Tomski declaró: "Los regimientos que se lanzan a la calle no han obrado como compañeros al no invitar al Comité de nuestro partido a examinar previamente la cuestión. El Comité central propone a la conferencia: primero, lanzar un manifiesto con el fin de contener a las masas; segundo, redactar un mensaje al Comité ejecutivo pidiendo que tome el poder en sus manos. En estos momentos, no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución." Tomski, viejo obrero bolchevique, que había sellado su fidelidad al partido con luengos años de presidio, posteriormente cabeza visible de los sindicatos, se inclinaba más bien, por su carácter, a contener la acción que a incitar a la misma. Pero en circunstancias tales, no hacía más que desarrollar el pensamiento de Lenin: "En estos momentos no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución." No hay que olvidar que los conciliadores habían calificado de complot hasta la tentativa de manifestación pacífica del 10 de junio. La aplastante mayoría de la conferencia se solidarizó con Tomski. Era preciso retrasar a toda costa el desenlace. La ofensiva en el frente tenía en tensión a todo el país. Su fracaso estaba descontado, así como el propósito del gobierno de hacer recaer la responsabilidad de la derrota sobre los bolcheviques. Había que dar tiempo a los conciliadores para que se desacreditaran definitivamente. Volodarski, en nombre de la conferencia, contestó a los delegados del regimiento de ametralladoras en el sentido de que éste debía someterse a la decisión del partido.

      A las cuatro, el Comité central ratifica la resolución de la conferencia. Los miembros de la misma recorren los barrios obreros y las fábricas con el fin de contener la acción de las masas. Se envía a la Pravda un manifiesto, inspirado en el mismo espíritu, para que aparezca al día siguiente en primera página. Se confía a Stalin la misión de poner en conocimiento de la sesión común de los Comités ejecutivos el acuerdo del partido. Por tanto, los propósitos de los bolcheviques no dejan lugar a duda. El Comité ejecutivo se dirigió a los obreros y soldados con un manifiesto en el cual se decía: "Gente desconocida... os incita a echaros a la calle con las armas en la mano", afirmando con ello que el llamamiento no había sido hecho por ninguno de los partidos soviéticos. Pero los dos Comité centrales de los partidos y de los soviets proponían, y las masas disponían.

      A las ocho se presentó ante el palacio de la Kchesinskaya el regimiento de ametralladoras, y, tras él, el de Moscú. Nevski, Laschevich, Podvoiski, bolcheviques que gozaban de popularidad, intentaron desde el balcón persuadir a los regimientos de que se reintegraran a sus cuarteles. Desde abajo no se oían más que gritos de: "¡Fuera!"

      Hasta entonces, desde el balcón de los bolcheviques no se habían oído jamás gritos semejantes de los soldados. Era un síntoma inquietante. Detrás de los regimientos aparecieron los obreros de las fábricas: "¡Todo el poder a los soviets!" "¡Abajo los diez ministros capitalistas!" Eran las banderas del 18 de junio. Pero ahora, rodeadas de bayonetas. La manifestación se convertía en un hecho de enorme importancia. ¿Qué hacer? ¿Era concebible que los bolcheviques permanecieran al margen? Los miembros del Comité de Petrogrado, con los delegados a la conferencia y los representantes de los regimientos, toman el acuerdo siguiente: anular las decisiones tomadas, poner término a los esfuerzos estériles para contener el movimiento, orientar este último en el sentido de que la crisis gubernamental se resuelva en beneficio del pueblo; con este fin, incitar a los soldados ya los obreros a dirigirse pacíficamente al palacio de Táurida, a elegir delegados y presentar sus demandas, por mediación de los mismos, al Comité ejecutivo. Los miembros del Comité central que se hallaban presentes sancionaron la rectificación de la táctica acordada.

      La nueva resolución, proclamada desde el balcón, es acogida con gritos de júbilo y con La Marsellesa. El movimiento ha sido sancionado por el partido: los ametralladores pueden respirar tranquilos. Una parte del regimiento se dirige inmediatamente ala fortaleza de Pedro y Pablo para tratar de ganarse la guarnición, y, en caso de necesidad, proteger el palacio de la Kchesinskaya, separado de la fortaleza pro el angosto canal de Kronverski.

      Los primeros grupos de manifestantes entraron, como en país extranjero, en la perspectiva Nevski, arteria de la burguesía, de la burocracia y de la oficialidad. Desde las aceras, las ventanas y los balcones, miles de ojos atisban hostilmente a los manifestantes. A un regimiento sigue una fábrica; a una fábrica, un regimiento. Van llegando cada vez nuevas masas. Todas las banderas gritan en letras oro sobre fondo rojo lo mismo: "¡Todo el poder a los soviets!" La manifestación se apodera de la Nevski y afluye como un río desbordado hacia el palacio de Táurida. Los carteles con el lema de "¡Abajo la guerra!", son los que provocan una hostilidad más aguda por parte de los oficiales, entre los cuales hay no pocos inválidos. El estudiante, la colegiala, el funcionario intentan hacer comprender a los soldados, con grandes gestos y voz quebrada, que los agentes alemanes que acechan a sus espaldas quieren dejar entrar en Petrogrado a los soldados de Guillermo para que estrangulen la libertad. A los oradores les parece irrefutables sus propios argumentos. "¡Están engañados por los espías!", dicen los funcionarios, refiriéndose a los obreros, que, con gesto sombrío, enseñan los dientes "¡Han sido arrastrados por los fanáticos!", contestan los más indulgentes. "¡Son unos ignorantes", dicen los unos y los otros. Pero los obreros tienen su criterio. No fueron precisamente espías alemanes los que les imbuyeron las ideas que hoy les han echado a la calle. Los manifestantes echan a un lado, con malas maneras, a los mentores impertinentes, y siguen su camino. Esto pone fuera de sí a los patriotas de la Nevski.

      Algunos grupos, capitaneados en la mayor parte por inválidos y Caballeros de la cruz de San Jorge, se lanzan sobre algunos manifestantes e intentan arrebatarles las banderas. Se producen colisiones aquí y allí. Suenan disparos sueltos. ¿De dónde parten? ¿De una ventana? ¿Del palacio de Anichkin? El arroyo contesta con una descarga hacia arriba, sin blanco fijo. Durante unos momentos reina en la calle la confusión. "Cerca de la medianoche -relata un obrero de la fábrica Vulcán-, cuando pasaba por la Nevski el regimiento de Granaderos, cerca de la biblioteca pública se abrió, no se sabe de dónde, el fuego, pero duró algunos minutos. Se produjo el pánico. Los obreros se dispersaron por las calles inmediatas. Los soldados se tiraron al suelo; no en vano muchos de ellos habían pasado por la escuela de la guerra."

      Aquella Nevski de medianoche, con soldados de la guardia y de granaderos, echados en el arroyo, mientras sonaban las descargas, ofrecía un espectáculo fantástico. ¡Ni Puschkin, ni Gógol, cantores de la Nevski, se la representaban así! Sin embargo, el espectáculo, fantástico al parecer, era realidad: en el arroyo quedaron varios muertos y heridos.

      En el palacio de Táurida había aquel día una agitación especial. En vista de la dimisión de los kadetes, ambos Comités ejecutivos, el de los obreros y soldados y el de los campesinos, discutían el informe de Tsereteli sobre la manera de lavar el abrigo de la coalición sin mojar la lana. Seguramente se habría acabado por descubrir el secreto de semejante operación, de no haberlo impedido los suburbios intranquilos.

      Los avisos telefónicos relativos a la acción preparada por el regimiento de ametralladoras provocan muecas de rabia y de pesar en los rostros de los jefes ¿Es posible que los soldados y los obreros no puedan esperar hasta que los periódicos publiquen la salvadora resolución? Miradas de reojo de la mayoría hacia los bolcheviques. Pero también para ellos es, esta vez, la manifestación algo inesperado. Kámenev y otros representantes del partido presentes acceden incluso a recorrer las fábricas y los cuarteles, después de la sesión diurna, con objeto de contener a las masas. Posteriormente, este gesto habría de ser interpretado por los conciliadores como un ardid de guerra.

      Los Comités ejecutivos redactaron un manifiesto en el cual, como de costumbre, toda acción era calificada de traición contra la revolución. Pero ¿cómo había de resolverse la crisis del poder? Se encontró una salida: dejar el gabinete tal como había quedado después de la dimisión de los kadetes, aplazando la solución definitiva de la cuestión hasta que fueran llamados los miembros provinciales del Comité ejecutivo. Aplazar las cosas, ganar tiempo para las propias vacilaciones. ¿Acaso no es ésta la más prudente de todas las políticas?

      Los conciliadores sólo consideraban imposible dejar pasar el tiempo cuando se trataba de luchar contra las masas. Se puso inmediatamente en movimiento el aparato oficial para armarse contra la insurrección, que fue el nombre que se dio a la manifestación desde el primer momento. Los jefes buscaban por todas partes fuerzas armadas para la defensa del gobierno y del Comité ejecutivo.

      Distintas instituciones militares recibieron órdenes firmadas por Cheidse y otros miembros de la mesa pidiendo que se mandaran al palacio de Táurida automóviles blindados, cañones de tres pulgadas y proyectiles. Al mismo tiempo, casi todos los regimientos recibieron la orden de mandar destacamentos armados para la defensa del palacio. Por si esto fuera poco, se telegrafió aquel mismo día al frente, al 5º Ejército, que era el que se hallaba más cerca de la capital, ordenando "el envío a Petrogrado de una división de Caballería, de una brigada de infantería y de automóviles blindados".

      El menchevique Voitinski, al cual se había confiado la misión de proteger al Comité ejecutivo, ha dicho, en sus relatos retrospectivos, con toda franqueza cuál era en aquellos días la situación real:

      "El 3 de julio fue consagrado enteramente a la adopción de medidas para proteger, aunque no fuera más que con unas cuantas compañías, el palacio de Táurida... Hubo un momento en que no disponíamos absolutamente de ninguna fuerza. En las puertas del palacio de Táurida no había más que seis hombres incapaces de contener a la multitud..."

      Y más adelante: "El primer día de la manifestación sólo disponíamos de 100 hombres; no contábamos con nada más. Mandamos comisarios a todos los regimientos con la petición de que nos facilitaran soldados para organizar el servicio de centinelas... Pero cada regimiento volvía la vista hacia el vecino para ver cómo había de proceder. Era preciso acabar a toda costa con este escandaloso estado de cosas, y llamamos tropas del frente." Sería difícil, aun proponiéndoselo, imaginar una sátira más malévola contra los conciliadores. Centenares de miles de manifestantes exigen la entrega del poder a los soviets. Cheidse, que se halla al frente del sistema soviético, y que es por ello mismo el candidato a la presidencia, busca por todas partes fuerzas militares para lanzarlas contra los manifestantes. El grandioso movimiento en favor de la democracia es calificado por los jefes de ésta como un ataque de bandas armadas contra la democracia.

      En aquel mismo palacio de Táurida se hallaba reunida, después de una prolongada pausa, la sección obrera del Soviet, la cual, en el transcurso de dos meses, mediante elecciones parciales en las fábricas, se había renovado hasta tal punto, que el Comité ejecutivo temía, no sin fundamento, que los bolcheviques dominaran en la misma. La reunión de la sección, artificialmente aplazada, y convocada, al fin, por los propios conciliadores unos días antes, coincidió casualmente con la manifestación armada: los periódicos veían asimismo en esto la mano de los bolcheviques. Zinóviev desarrolló en su discurso, en una forma convincente, la idea de que los conciliadores, aliados de la burguesía, no querían ni sabían luchar contra la contrarrevolución, pues entendían por tal las fechorías aisladas de los "cien negros" y no la cohesión política de las clases poseedoras, con el fin de aplastar a los soviets, centros de resistencia de los trabajadores. El discurso dio en el blanco. Los mencheviques, al darse cuenta de que por primera vez se hallaban en minoría en los soviets, propusieron no tomar ningún acuerdo y recorrer los barrios obreros con el fin de mantener el orden. Pero ¡ya era tarde! La noticia de que han llegado al palacio de Táurida los obreros armados y los soldados del regimiento de ametralladoras provoca en la sala una extraordinaria excitación. Aparece en la tribuna Kámenev. "Nosotros -dice- nos hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa... Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas... Nuestra misión consiste ahora en dar al movimiento un carácter organizado." Kámenev termina su discurso proponiendo que se designe una Comisión de 25 miembros encargada de dirigir el movimiento. Trotski apoya esta petición. Cheidse teme a la Comisión bolchevique e insistí inútilmente para que la cuestión pase al Comité ejecutivo. Los debates toman un carácter tumultuoso. Convencidos definitivamente de que no tienen más que el tercio de los votos, los mencheviques y los socialrevolucionarios abandonan la sala. Esta táctica se convierte en la táctica favorita de los demócratas: empiezan a boicotear los Soviets a partir del momento en que pierden la mayoría de ellos. La resolución en que se incita al Comité central ejecutivo a hacerse cargo del poder es aprobada por 276 votos. No hay oposición. Se procede inmediatamente a elegir los 15 vocales de la Comisión. Se reservan 10 puestos para la minoría, puestos que nadie ocupará. El hecho de que saliese elegida una Comisión bolchevique significaba, para amigos y adversarios, que la sección obrera del Soviet de Petrogrado se convertía, a partir de aquel momento, en la base del bolchevismo. Se había dado un gran paso. En abril, la influencia de los bolcheviques se extendía aproximadamente a la tercera parte de los obreros petersburgueses; por aquellos días representaban en el Soviet un sector insignificante. Ahora, a principios de julio, los bolcheviques tienen en la sección obrera cerca de los dos tercios de delegados: esto significaba que su influencia entre las masas había adquirido un carácter decisivo.

      De las calles adyacentes al palacio de Táurida afluyen columnas de obreros, obreras y soldados con banderas, cantos y música. Aparece la artillería ligera, cuyo jefe provoca el entusiasmo general al declarar que todas las baterías de su división están con los obreros. La calle en que está emplazado el palacio de Táurida y el muelle correspondiente al mismo están atestados de gente. Todo el mundo quiere acercarse a la tribuna situada en la puerta principal del palacio. Se presenta a los manifestantes Cheidse, con el aspecto malhumorado del hombre a quien se ha arrancado inútilmente a sus ocupaciones. El popular presidente de los soviets es acogido con un silencio hostil. Con voz cansada y ronca, Cheidse repite los lugares comunes habituales, que todo el mundo se sabe ya de memoria. No se dispensa mejor acogida a Voitinski, que ha acudido en su auxilio. "En cambio, Trotski -según cuenta Miliukov-, que declaró que había llegado el momento en que el poder pasara a los Soviets, fue acogido con ruidosos aplausos..." Esta frase es falsa a sabiendas. Ningún bolchevique dijo entonces que "había llegado el momento". Un cerrajero de la fábrica Dinflou, situada en la barriada de Petrogrado, decía más tarde, hablando del mitin celebrado bajo los muros del palacio de Táurida: "Me acuerdo del discurso de Trotski, quien decía que no había llegado aún el momento de tomar el poder." Este cerrajero reproduce el espíritu de mi discurso más fielmente que el profesor de Historia. Por los oradores bolcheviastas, los manifestantes se enteraron del triunfo que acababa de ser alcanzado en la sección obrera del Soviet, y este hecho les dio una satisfacción casi tangible, como si hubieran entrado ya en la época del régimen soviético.

      Poco antes de medianoche abrióse nuevamente la sesión mixta de los Comités ejecutivos: en aquel momento los granaderos se echaban al suelo en la perspectiva Nevski. A propuesta de Dan, se decidió que sólo puedan asistir a la reunión los que se comprometiesen de antemano a defender y poner en práctica los acuerdos tomados. ¡Esto era algo nuevo! Los mencheviques intentaban convertir el Soviet, declarado por ellos Parlamento de los obreros y soldados, en órgano administrativo de la mayoría conciliadora. Cuando se queden en minoría -lo cual ocurrirá dentro de dos meses-, los conciliadores defenderán apasionadamente la democracia soviética. Hoy, como en general en todos los momentos decisivos de la vida social, la democracia quedaba arrinconada. Algunos meirayontsi(1) abandonaron la reunión protestando; bolcheviques no había ninguno: estaban en el palacio de la Kchesinskaya deliberando sobre la conducta que había de seguirse al día siguiente. Más tarde, los meirayontsi y los bolcheviques se presentaron en la sala y declararon que nadie podía despojarle del mandato que les habían dado los electores. La mayoría se calló, y la proposición de Dan cayó insensiblemente en el olvido. La reunión fue larga como una agonía. Los conciliadores intentan persuardirse mutuamente, con voz débil, de la razón que les asiste. Tsereteli, en calidad de ministro de Correos y Telégrafos, se lamenta de los empleados subalternos: "Hasta este momento no me he enterado de la huelga de Correos y Telégrafos..." Por lo que a las reivindicaciones políticas se refiere, su consigna es también la de "¡Todo el poder a los soviets!". Los delegados de los manifestantes que rodeaban el palacio de Táurida exigieron que se les permitiera el acceso a la reunión. Se les dejó entrar con inquietud y malevolencia. Los delegados creían sinceramente que esta vez los conciliadores no podrían dejar de acoger favorablemente sus aspiraciones. ¿Acaso los periódicos menchevistas y socialrevolucionarios de hoy, excitados por la dimisión de los kadetes, no denuncian las intrigas y el sabotaje de sus aliados burgueses? Además, la sección obrera se ha pronunciado por la entrega del poder a los soviets. ¿Qué se espera? Pero los ardientes llamamientos, en los cuales la indignación respira aún esperanza, caen impotentes en la atmósfera estancada del Parlamento conciliador.

      A los jefes no les preocupa más que una idea: cómo librarse lo más rápidamente posible de aquellos huéspedes indeseables. Se les invita a tomar asiento en la galería: sería demasiado imprudente echarlos a la calle, al lado de los manifestantes. Desde la galería, los ametralladores escuchan asombrados los debates que se estaban desarrollando y que no perseguían más fin que ganar tiempo, a fin de que pudieran llegar los regimientos de confianza. "En las calles está el pueblo revolucionario -dice Dan-, pero este pueblo hace obra contrarrevolucionaria..." Dan se ve apoyado por Abramovich, uno de los líderes de la "Liga" judía, un pedante conservador cuyos instintos se sentían ofendidos por la revolución. "Estamos en presencia de un complot", afirma, faltando a toda evidencia, y propone a los bolcheviques que declaren abiertamente que la cosa "es obra suya". Tsereteli profundiza el problema: "Salir a la calle con la demanda de "Todo el poder a los soviets" significa sostener a estos últimos. Si los soviets quisieran, el poder pasaría a sus manos. Ningún obstáculo se opone a su voluntad... Manifestaciones como ésta hacen el juego no a la revolución, sino a la contrarrevolución." Los delegados no acababan de comprender este razonamiento. Les parecía que sus elevados jefes no estaban en su sano juicio. Al final, la asamblea confirmó una vez más, con 11 votos en contra, que la manifestación armada era una puñalada trapera al ejército revolucionario, etcétera. La reunión terminó a las cinco de la madrugada.

      Poco a poco las masas fueron retirándose a sus barriadas. Durante toda la noche recorrieron la ciudad automóviles armados, estableciendo el contacto entre los regimientos, las fábricas y los centros de barriada.

      Como en Febrero, las masas, por la noche, hacían el balance del día. Pero ahora lo hacían con la participación de un complejo sistema de organizaciones de fábrica, de partido, militares, que estaban reunidos con carácter permanente. En las barriadas se opinaba como algo que no admitía ya discusión, que el movimiento no podía detenerse a medio camino. El Comité ejecutivo aplazó la resolución acerca del traspaso del poder. Las masas interpretaron esto como una vacilación. La conclusión era clara: había que apretar más.

      La reunión nocturna de los bolcheviques y meirayontsi, que tenía lugar en el palacio de Táurida a la vez que la de los Comités ejecutivos, sacaba también el balance del día e intentaba anticipar lo que traería consigo el día siguiente. Los informes de las barriadas atestiguaban que la manifestación no había hecho más que poner en movimiento a las masas, planteando ante ellas por primera vez en toda su agudeza el problema del poder. Mañana, las fábricas y los regimientos querrán obtener una contestación y no habrá fuerza humana capaz de retenerlos en los suburbios. No se discutía si debía o no tomarse el poder, como habían de afirmar más tarde los adversarios, sino si debía hacerse o no una tentativa para liquidar la manifestación o ponerse al frente de la misma al día siguiente.

      A hora avanzada de la noche, hacia las tres, llegaban al palacio de Táurida los obreros de la fábrica Putilov, una masa de 30.000 hombres, muchos de ellos con sus mujeres y niños. La manifestación se puso en marcha a las once, y por el camino se unieron a los manifestantes otras fábricas. En el portal de Narva había tanta gente, a pesar de lo avanzado de la hora, que se hubiera dicho que la barriada había quedado completamente vacía. Las mujeres gritaban: "Todo el mundo tiene que ir... ¡Nosotras guardaremos las casas!"..." Del campanario de Spasa partieron unos disparos, al parecer de ametralladora. Desde abajo se hizo una descarga contra el campanario. "En Gostini Dvor se lanzaron contra los manifestantes un grupo de estudiantes y de "junkers", que les arrebataron un cartelón. Los obreros ofrecieron resistencia, se produjo un gran tumulto, sonaron disparos, y al autor de estas líneas le rompieron la cabeza y le pisotearon el pecho y los costados." Nos cuenta esto el obrero Yefimov, ya conocido del lector. Atravesando la ciudad, ya silenciosa, los obreros de Putilov llegaron por fin al palacio de Táurida. Gracias a la insistente intervención de Riazanov, muy íntimamente ligado en aquel entonces con los sindicatos, la delegación de la fábrica fue recibida por el Comité ejecutivo. La masa obrera, hambrienta y terriblemente fatigada, se sentó a esperar en la calle y en el jardín, con la esperanza de obtener una contestación. Estos obreros de la fábrica de Putilov, acampados a las tres de la madrugada en los alrededores del palacio de Táurida, en el que los líderes de la democracia esperaban la llegada de tropas del frente, es uno de los espectáculos más conmovedores de la revolución en el periodo turbulento que va desde Febrero a Octubre. Doce años antes, no pocos de estos obreros habían tomado parte en la manifestación de enero ante el palacio de Invierno, con imágenes y estandartes. En aquellos doce años habían pasado siglos enteros. En el transcurso de los cuatro meses próximos transcurrieron otros cuantos más.

      Sobre la reunión de los líderes y organizadores bolcheviques que discuten sobre lo que ha de hacerse al día siguiente flota la sombra grávida de los obreros de la fábrica de Putilov, acampados en plena calle. Mañana los obreros de la fábrica de Putilov no irán al trabajo. ¿Cómo van a trabajar después de una noche pasada en vela? Entre tanto, es llamado Zinóviev por teléfono, Raskolnikov comunica, desde Cronstadt, que mañana a primera hora la guarnición de la fortaleza se dirigirá a Petrogrado, y que no hay nada ni nadie capaz de contenerla. Desde el otro extremo del hilo telefónico, el joven oficial pregunta: "¿Es posible que el Comité central le ordene dejar abandonados a los marinos, desacreditándose completamente a sus ojos?" A la imagen de los obreros de la fábrica de Putilov acampados delante del palacio de Táurida se une a otra, no menos impresionante: la de los marinos de la isla, que en esta noche de vela se aprestan a apoyar a los obreros y soldados de Petrogrado. No, la cosa es demasiado clara. No se puede seguir vacilando. Trotski pregunta por última vez: "¿Y si se intentara dar a la manifestación el carácter de una manifestación sin armas? No, ni de eso se puede ya siquiera hablar. Un pelotón de "junkers" bastaría para dispersar, como a un rebaño de ovejas, a millares de hombres desarmados. Los soldados y obreros acogerían indignados, considerándola como una encerrona, semejante proposición. La contestación es categórica y convincente. Por unanimidad se decide incitar mañana a las masas, en nombre del partido, a continuar la manifestación. Zinóviev corre al teléfono, donde espera frenético Raskolnikov, para comunicarle la noticia que le permitirá respirar con desahogo. Se redacta inmediatamente un manifiesto a los obreros y soldados: ¡a la calle! El manifiesto del Comité central, que había sido escrito durante el día, y en el que se invitaba a las masas a cesar la manifestación, es sacado de las prensas; pero ya es tarde para reemplazarlo por el nuevo texto. La página blanca de la Pravda será mañana un indicio mortal contra los bolcheviques. Evidentemente, en el último momento, asustados, han renunciado a su llamamiento a la manifestación pacífica para incitar a la insurrección. La verdadera resolución de los bolcheviques apareció en una hoja que invitaba a los obreros y soldados a "expresar su voluntad ante los Comités ejecutivos reunidos, mediante una manifestación pacífica y organizada." No, aquello no era precisamente un llamamiento a la insurrección.

      (1) Grupo de socialdemócratas revolucionarios afin a los bolcheviques, que pronto se fusionó con el partido bolchevique. Trotski formaba parte de este grupo. [NDT.]
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